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Deseos, emociones, sentimientos, pasión, amor

Por Hugo Betancur

El deseo es una idea de satisfacción o de placer acerca de algo o alguien.
El objeto del deseo puede ser una sensación placentera que pretendamos alcanzar o la posibilidad de acceder a algo o a alguien que subjetivamente nos atrae.
Aquello que es objeto de nuestros deseos tiene para nosotros unas condiciones o atributos especiales que excluyen otras opciones en nuestra mente.
Por lo que los deseos pueden convertirse en nuestros ideales, o metas o prioridades, subjetivos y muchas veces posiblemente egocentrados.
Si asumimos nuestros deseos obsesiva o imperativamente, podemos alterar la triada de equilibrio de la vida consistente en ser, hacer y tener.
La acción que con que pretendemos un resultado -hacer-, y su logro -tener-, pueden afectar nuestro ser.
O pueden afectar el ser de otros.
El equilibrio en las relaciones está fundamentado en la reciprocidad espontánea y libre, aunque carezca de consciencia.
Si falta esa consciencia de sí, las relaciones que establecemos transitoriamente pueden ser vulnerables a medida que las vamos identificando y definiendo.
Lo que deriva de la interacción y de lo que hacemos o hacen otros.
Lo que deseamos es subjetivo y puede tener una motivación externa: que pueda ser mostrado como propio una vez alcanzado u obtenido, que sirva como objeto y trofeo de placer -porque otros no parecen tenerlo o porque lo consideramos de uso exclusivo-, que nos sirva para ostentar, para alardear o para mostrarnos como conquistadores -¡seres humanos que hemos vencido o sometido a través de una esforzada lucha o competencia!-.
O lo que deseamos, siendo igualmente subjetivo, puede tener una motivación interna: nos sentimos privilegiados cuando nos parece que lo hemos alcanzado, o sentimos nuestra autoestima muy sólida, o nos regocijamos transitoriamente porque nos fue posible acceder a ello.
Referido a las cosas materiales quizá queramos obtenerlas para disponer de ellas y usarlas para nuestro beneficio, comodidad o provecho.
Respecto a los seres humanos, tal vez queramos relacionarnos con ellos con el propósito de saciar o experimentar la realización de una expectativa; o quizá valoramos sus dones y las manifestaciones de su personalidad -lo que llamamos su manera de ser-; o podemos verlos como un complemento requerido para nuestras vidas -lo que nos retrata como incompletos y nos lleva a la dependencia, o al culto al otro, o a la necesidad (y una relación basada en la necesidad no es una relación entre iguales: uno parece proveer aquello que otro parece necesitar).
Nuestros sentimientos son percepciones temporales que tenemos ante la vida y los seres vivos. Pueden cambiar porque son afectados por nuestras relaciones y por nuestros propios cambios. Pueden ser duraderos y constantes a medida que transcurre el tiempo o pueden ser variables -oscilando o desplazándose entre los contrastes: positivo a negativo, constructivo a destructivo, armonioso a conflictivo.
Nuestras emociones son reacciones. Nuestros deseos son expectativas.
Nuestras pasiones son sólo ímpetu, mayor o menor en intensidad, también pasajeras o muy duraderas en la medida de tiempo.
Y el amor -que es un sentimiento- es una disposición de integración y acercamiento hacia algo o alguien. Nos salimos de nosotros mismos para volcarnos hacia algo o alguien, no motivados por intereses ni resultados previstos. No atados a la retribución ni a la utilidad; no sometidos a la fragilidad del deseo que puede ser saciado, ni a la emoción que nos alegra o nos entristece súbitamente, ni a la pasión exaltada que después será solo recuerdo.
El amor es y todo lo que es permanece porque la vida lo nutre y lo lleva a expandirse.

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