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Quitame esa etiqueta

Las etiquetas no las podemos remover de un instante a otro, muchas veces éstas se vuelven nuestros pasaportes al amor, por eso quiero reiterar la importancia de ver lo mucho que nos han servido, lo que de ellas hemos ganado. Cuando concienciamos su importancia, constatamos si está vencida, y es allí cuando podemos cambiarla, primero removiéndola en nosotros y luego en los demás.

Las etiquetas, negativas o positivas, siempre limitan la posibilidad de acercarse. Un amigo me contaba que estaba totalmente separado de sus padres porque él es alcohólico y su madre irritable, estas dos etiquetas lo mantenían lejos y aparentemente liberado de lo difícil de ellos. Esto lo alejaba de lo mejor del amor, de la fuerza de su sistema y de todo un universo que habita en cada ser. Cuando despojamos a otro semejante de sus etiquetas, lo acercamos a nuestro corazón.

En una oportunidad, estudiando yo Comunicación, me tocó compartir el vuelo y el asiento con un célebre escritor e investigador venezolano, cuya etiqueta era “cultísimo e inteligentísimo”, cualidades que mostraban sus artículos, novelas y ensayos. A las dos horas de vuelo, me vio sacar de mi maletín un libro y encontró un filón por donde comenzar a conversar, resultó ser un hombre encantador, muy sencillo y abierto. Cuando a las cinco horas aterrizamos, él me dijo “lástima que perdimos dos horas de conversa, no nos cocíamos”, y le dije que me intimidaba su cultura y sabiduría, a lo que se río, y con cierto pesar me dijo que cuántas oportunidades habrá perdido por esa pendejada. Se despidió y se fue. Hoy, recuerdo esa anécdota y veo cómo esas etiquetas “positivas”, pueden alejarnos de lo que queremos.

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Llegó a la hora prevista, era una mujer decidida, con los rasgos de la cara tensos; cuando comenzamos a hablar, dejó un espacio de silencio y dijo con un tono firme: “¡Estoy harta de ser la eficiente, inteligente, buena y fuerte!”-continuó- “Todo el mundo espera de mí lo óptimo, lo perfecto, lo superior, y nadie pregunta cómo lo hice, si estoy cansada o si hice de tripas corazones para lograrlo. ¡coño, me quiero equivocar, hacerlo mal de vez en cuando!”

Cuando vamos al botiquín de medicinas, en nuestros hogares, mantenemos las etiquetas visibles y muy claras, para que no nos tomemos un antiácido cuando tenemos fiebre, para esto son muy útiles las etiquetas. Pero cuando nos damos cuenta de que en nuestra vida cargamos con una cantidad de carteles visibles: bruto, bueno, malo, flojo, mal humor, difícil, armónico, conflictivo, etc. que nos colocaron, o nos colocamos, somos esclavos de ellos, y definitivamente, nos va a costar seguir viviendo sin ellos.

Las etiquetas son formas limitativas que permiten que los demás sólo vean el cartel y olviden el resto de nuestro propio universo, por lo tanto, de tanta etiqueta, nos alejamos de nosotros mismos y difícilmente los que nos leen podrán saber o intuir el camino para llegar a nuestro corazón.

Ya, a la media hora de consulta, la dama estaba más relajada y me contaba que ser inteligente y capaz y fuerte fue el recurso que de niña desarrolló para contar con el lugar y el respeto de su familia, donde le tocó ser la tercera de siete hermanos varones. Pero, hoy, a sus treinta y siete años, esas consideraciones habían vencido hacía ya mucho tiempo y hoy pesaban demasiado. Le sugerí que me enumerara las ventajas de tal etiqueta y las ganancias concretas que había obtenido de ellas, me respondió que, sin duda, había ganado un lugar de respeto en su hogar, inclusive muy por encima de sus hermanos varones, fue una alumna ejemplar, y en lo laboral y productivo, sus ganancias son visibles. Pero hoy se sentía sola, con una ruptura matrimonial y llena de amores fugaces muy mal llevados.

Para irnos quitando nuestras etiquetas vencidas hay que honrarlas y darles el valor que les corresponde, así harán equilibrio para poder prescindir de ellas. Porque, sin duda, no se trata de pasar ahora ser buena a mala, inteligente a torpe o de capaz a incapaz, sino de darse el permiso de vivir las experiencias, de manera de no controlar el resultado todo el tiempo.

Les sugiero, como una forma productiva de crecer, además de revisar nuestras propias etiquetas, usar disciplina para no etiquetar a otros, sobre todo a los niños, quienes, por su edad, son incapaces de poner sus propios límites y frenar nuestras intenciones de controlarlos.

Cuando mi paciente salió y se le dio otra cita, se dirigió a mi asistente y le dijo: -“Por favor, dame una hora exacta porque yo soy muy puntual” a lo que le toqué el hombro diciéndole: “-¿otra etiqueta?”. Nos miramos y reímos de buena gana.

Carlos Fraga

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