Las voces del silencio

En su extraordinaria obra autobiográfica, "Confieso que he vivido", el gran poeta chileno Pablo Neruda, premio Nóbel de literatura, nos cuenta la anécdota del poeta andaluz Pedro Garfias, uno de los muchísimos artistas, intelectuales y obreros que debieron abandonar España tras la Guerra Civil y el triunfo de las fuerzas franquistas antidemocráticas.
Pedro Garfias vino a dar en condición de exiliado a un castillo escocés.
El dueño del castillo se la pasaba viajando y el poeta vivía prácticamente solo en ese inmenso castillo. Para hacer más soportable su soledad, acostumbraba ir todas las noches a la taberna del pueblo cercano y, como no hablaba ni una palabra de inglés ni ninguno de los clientes sabía algo de español, pasaba las horas en silencio sobre su cerveza, rumiando nostalgias y recuerdos.
Una noche, cuando ya era hora de cerrar y se estaban marchando todos los clientes, el tabernero le hizo una señal de que se quedara todavía un rato. Le sirvió y se sirvió una cerveza y así estuvieron un largo tiempo, uno junto al otro comunicando hondamente sus silencios.Durante varios días prosiguieron este ritual de profunda comunicación, hasta que un día, Garfias no pudo contener el torrente de palabras que le brotaban desde el alma y le contó sus problemas al tabernero, quien, sin entender las palabras, estuvo escuchando y asintiendo emocionado. Cuando terminó el poeta, el tabernero asombró al amigo con palabras extrañas a los rincones más ocultos de su alma. Y siguieron durante varios días escuchándose sin entenderse, o mejor, entendiéndose más allá de las palabras, fraguando una amistad más fuerte que las barreras del idioma. Garfias consiguió visa para marcharse a México y la noche anterior a su partida estuvieron tomando y despidiéndose en palabras desconocidas hasta que la mañana dio unos tímidos golpes en la ventana.
Años más tarde, el poeta andaluz le confesaría a Neruda:-Nunca entendí una sola palabra de lo que él me contaba, pero cuando lo escuchaba, siempre estuve seguro de que lo comprendía. Y sé que cuando yo hablaba, él también entendía lo que trataba de expresarle.
Comunicarse es abrir el alma. Con frecuencia, hablamos y hablamos pero no nos comunicamos. Hablamos y las palabras son trampas con las que nos ocultamos. Palabras devaluadas, como moneda gastada, sin valor, que corre de mano en mano.

Es el lenguaje de lo comercial, lo político, y hasta lo afectivo: palabras, palabras, palabras, sin alma, sin verdad. Palabras para atrapar, para seducir, para engañar, para dominar. Por eso, palabras tan graves como “lo juro”,“prometo”, “te amo”, “cuenta conmigo”..., encierran con frecuencia la mentira, la traición, el abandono, la soledad.
La tecnología moderna ha hecho más importante el medio que el mensaje.Ni los celulares, ni el fax, ni el correo electrónico nos han ayudado a comunicarnos mejor.

Necesitamos comunicarnos cuando estamos lejos, pero somos incapaces de comunicarnos cuando estamos juntos. No es lo mismo hablar que decir. Algunos hablan mucho, pero no dicen nada: mera cháchara hueca, trivial. Otros, con muy pocas palabras o incluso sin palabras, expresan grandes sentimientos e ideas. Las personas hablan y hablan, pero raramente se comunican sus miedos, angustias, ilusiones...

Viven extraños en la misma casa, en la misma cama, repitiendo rituales vacíos, escuchando en silencio al televisor, el personaje más importante de la familia.
Si queremos comprender y comunicarnos con nuestros alumnos, los educadores debemos aprender a escucharlos. Escuchar sus silencios, los dolores de sus almas, los gritos de sus inseguridades y miedos. Escuchar lo que se expresa y lo que no se expresa, lo que dicen y lo que callan, los intangibles pedagógicos, lo que traen de la casa, la calle, la familia. Escuchar lo que piensan, sin decirlo, de él como maestro o profesor, de la materia, de la escuela. Saber escuchar, para saber decir, para superar las trampas de la apariencia de la comunicación.

La palabra construye realidad. Una palabra o una frase, un gesto, pueden influir sobre manera en el crecimiento o en el estancamiento de los procesos de desarrollo que vive el educando.
Educar es enseñar a escuchar el silencio para ser capaces de oír el griterío de las flores, las ásperas voces de las piedras, el rumor de las cascadas y torrentes que nos cuentan los misterios y maravillas del universo con sus labios de agua.
Escuchar el silencio como lugar para la reflexión y el pensamiento y como antídoto contra tanta palabrería y tanta información banal.
La voz del silencio se hace educativamente necesaria en un mundo tan lleno de ruidos, para así avanzar hacia un diálogo cada vez más rico y humanizador.
Escuchar el silencio como lugar fecundo y germinador de palabras verdaderas.

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